Conozcámonos mejor con un tango
El afamado baile sudamericano es uno de los pasatiempos preferidos del país.
Es casi la medianoche de una agradable noche de verano y, gracias a la latitud de la tierra de los lagos finlandeses, fuera es prácticamente de día. El pabellón de madera, que está al norte de Tampere, está lleno hasta la bandera de finlandeses de toda clase dando zancadas por la pista, cada uno de ellos agarrando a su pareja bien fuerte y mirándola impertérritamente a los ojos. Virpi, mi profesora de tango, me estruja contra la pareja que se me ha asignado. “Mantente ceeerca de ella”, dice con una voz atronadora.
Aunque se tiene una imagen de los finlandeses como personas bastante reservadas, tienen mucha facilidad para el contacto físico cercano en público. El tango es uno de los pasatiempos más queridos del país, y ofrece la forma perfecta para que los finlandeses, por lo demás vergonzosos, se encuentren, saluden y cortejen.
A diferencia de los sensuales sonidos de la versión argentina, el tango finlandés es más oscuro y mucho más solemne, con letras que se deshacen hablando de amor y pérdida. Sus tonos profundos e infinitamente tristes evocan sentimientos de melancolía, lamento y añoranza por una patria. El apogeo de la nostalgia y la melancolía como industrias artesanales finlandesas proviene de la desafortunada historia del país. Finlandia pasó años zarandeada como una patata caliente política entre Rusia y Suecia, y perdió una buena parte de su frontera oriental ante la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial. Así pues, resulta bastante apropiado que el tango más famoso, Satumaa (que significa “país de cuento de hadas”), sea un lamento sobre un lugar lejano que nunca se puede alcanzar. Esta sensación de soledad, única de Finlandia, se expresa sucintamente mediante la palabra kaiho, un concepto bastante similar a la noción brasileña de saudade, o a la morriña gallega.
Cuando nos detenemos un momento en la pista de baile se me ocurre que, quizá para que un finlandés se sienta satisfecho y tranquilo, necesita apreciar la pena y el desasosiego; puede que, para ser feliz de verdad, primero haga falta experimentar la infelicidad. Dirijo mi mirada directamente a los ojos de mi compañera de baile. Nos miramos a los ojos, le cojo la mano y deslizo una mano hasta su cadera. Y, mientras el acordeón toca sus primeras y apenadas notas, comenzamos a bailar.






